
La orquesta arrancó un son bravo y la caseta de Juanchito entera se estremeció como una sola cadera. Yésica, la hermana de Andrés y bailadora de barrio, jaló a Manuela hacia la pista antes de que la rola pudiera protestar. «Aquí no se pide permiso pa' gozar, mija», le gritó por encima de los trombones.
Manuela ya movía los pies con menos vergüenza, orgullosa de su recién estrenado sabor. Andrés las alcanzó con dos aguardientes y una sonrisa de anfitrión. Todo iba de maravilla hasta que su cara se congeló a mitad de un giro, con la mirada clavada en el fondo del salón.
Del otro lado de la pista, una mujer de tacones rojos lo miraba fijo, sin…