
Cuando Rubén, un celador de La Paz, vecino de Martín, llegó con un mastín de setenta kilos, Elena abría la nevera. Nube ocupaba la puerta. Rubén tenía quince turnos y nadie para sacarlo a pasear.
“¿Os podéis hacer cargo de Nube dos semanas? Es cariñoso y obediente”, pidió Rubén. “¿Te lo quedas tú, Martín?” Martín miró al gigante del salón. “No. El casero prohíbe perros, ya lo sabes”, contestó bajito. Elena no lo oyó.
“Toma”, dijo Rubén, y le dio la correa. “No cabría”, pensó Elena, preocupada, pero no podía negarse. “Yo me encargo”, decidió. “Es un mastín noble”, prometió Rubén.