
Nada más entrar en el Retiro, Nube huyó detrás de un pato del estanque. Elena lo persiguió por el paseo, lo perdió de vista y se quedó con la correa en la mano en horas de oficina.
Llamó a Martín desde una farola. “Se me ha escapado. Y mi jefa me ha visto correr.” “Tranquila, ya está en marcha media línea”, respondió él. “¿En marcha?” “Los pasajeros buscan.”
Elena, asustada, ofreció recompensa; nadie había visto un mastín. A las doce, el móvil. “Se ha subido solo. Está sentado, dos paradas más allá, como si esperara a alguien”, anunció Martín. Nube movió la cola sin levantarse: obedecía a Martín y confiaba en él, no en ella.