
"¡Qué pereza este aguacero!", refunfuñó Manuela mientras sacudía el paraguas en la entrada de la cafetería. Camilo, su mejor amigo y dueño del local en La Candelaria, ya le tenía un tinto humeante sobre la barra. Detrás llegó Vale, su prima, con la ruana empapada y el ánimo por el piso.
"Sumercé se ve mamada", le dijo Camilo, y le pasó una cobija para el frío. Manu se acomodó junto a la ventana y buscó el cerro de Monserrate, escondido tras la neblina. A las cuatro en punto empezaban las onces, la hora sagrada del tinto y el pan.
Afuera, una vendedora de obleas resistía la llovizna y silbaba como si el clima fuera un chiste. "Esa china no se…