
Édgar destapĂł la olla de un solo golpe y el vapor del mute santandereano se le trepĂł a la cara. En su fonda del centro de Bucaramanga, el almuerzo del sábado era casi un rito. Manuela, la amiga rola que andaba de visita, se asomĂł sin mucha confianza. A su lado, Nubia, la comadre que no se muerde la lengua, ya tenĂa servido su plato.
«CĂłmase eso sin tanta bulla, mija, que aquĂ no regalamos», soltĂł Nubia. Manuela se riĂł por lo bajo; en Bogotá jamás la recibĂan con semejante franqueza. «Oiga, y usted por quĂ© me mira asĂ», le dijo Édgar, más divertido que molesto. La rola no sabĂa distinguir entre el regaño y el aprecio santandereano.
El plato…