
Desde temprano, un olor a fritanga se colaba por toda la casa de Yina, y eso a Manu le pareció raro un martes cualquiera. La cocinera picaba plátano y sazonaba la carne sin levantar la cabeza, como si tuviera un ejército que alimentar. Ronny entraba y salía con sillas prestadas, esquivando misterioso cada pregunta de la rola.
"Y todo esto pa' qué", preguntaba Manu, pero Yina solo soltaba un "ya verás" y seguía en lo suyo. Le pusieron una silla, un vaso de corozo y la orden clara de no meterse en la cocina. La rola, acostumbrada a controlarlo todo, se aguantó las ganas de organizar semejante reguero.
Al caer la tarde empezaron a llegar los…