
Ya de madrugada, con las birras calientes y medio mundo jincho, la parranda iba de salida. Andrés por fin tenía el cuadre con la china y no lo pensaba soltar. Se la llevó aparte, a un rincón, para hablar sin tanto ruido.
La conversación fluía sabroso, y por primera vez el pelao no estaba dañando el momento. La china se reía de sus chistes malos y le seguía el juego con gusto. Daniela y Yuly vigilaban de lejos, orgullosas del milagro.
"Míralo, el bobo por fin la está haciendo bien", susurró Daniela sin poder creerlo. Yuly cruzó los dedos, rogando que Andrés no fuera a embarrarla en el último minuto. La escena parecía sacada de una novela.