
Jugaban contra Carabanchel. Martín llenaba botellas, Lucía gritaba desde la banda y en la grada, cuarenta abrigos.
A los cinco minutos Elena había encajado dos goles. “Elena, para el balón, no lo mires”, gritó Lucía. El árbitro silbó una falta y Elena notó el sudor frío.
En el descanso Martín le dio un consejo: “Cierra los ojos y pon la cara. Total, ya no la tienes bonita.” “Gracias, delegado.” Sus compañeras metieron dos: dos a dos en el marcador, empatado por los pelos.