
La proyección fue en una sala pequeña de una calle de Lavapiés, con sillas plegables y tortilla fría. Elena eligió la última fila. Martín llevó gafas de sol, de noche. Cerca de la puerta, las vecinas del rodaje llevaban servilletas en el bolso.
Marta calculó: “Sales ocho segundos. Y él, menos.” Empezó el episodio: asfalto, cafetería, autobús. La gente se rio cuando Martín apareció limpiándose la boca. “No puedo mirar”, murmuró él. “Tarde ya”, dijo Elena.
“Qué vergüenza”, dijo Elena. En cambio, oyó su propia voz fuera de plano: “Si la bufanda cambia de lado, nadie se cree nada.” La sala volvió a reírse. Ella no recordaba haberlo dicho.