
Con una carpeta de rodajes bajo el brazo, Marta, una localizadora de Madrid, entró en el autobús de Martín con una urgencia: faltaban dos figurantes para una escena en una cafetería cerrada de Lavapiés. Elena, la funcionaria de la apuesta, la miró desde el asiento delantero.
“Solo tenéis que beber café al fondo”, prometió. “¿Con nombres y apellidos?”, preguntó Elena. “Marta Bravo.” Martín soltó un suspiro; ya estaba perdido. “Sí”, dijeron.
La cafetería olía a café frío. El director levantó la mano. Elena sostuvo una taza helada durante seis tomas. Martín, con el uniforme, salía demasiado real. “Parece un conductor esperando línea”, protestó…