
En una calle tranquila de Puebla, Sofía entra a una pequeña tienda de talavera, la cerámica típica de la ciudad. Marina, que trabaja ahí, la recibe con una gran sonrisa entre estantes y mesas llenas de platos de colores.
Hay tantos objetos bonitos que Sofía no sabe cuál elegir. Un plato azul, con flores pintadas a mano, le llama la atención más que los demás.
Marina le explica que cada pieza de talavera se pinta a mano, una por una, y que por eso ninguna es igual a otra. Sofía mira el plato con otros ojos, ahora que sabe el trabajo que lleva.