
Entra la panadera abrazada a una bolsa llena de pandebonos. En una silla hay un paño doblado y nadie se sienta ahí. El horno todavía deja el aire caliente.
“Dejo esto y me voy”, escribe la panadera en el teléfono. Mariana lee el mensaje y no quita el paño. “Ella hornea desde las cuatro”, cuenta.
Andrés parte un pandebono y compara las mitades, sentado. “Esa silla es de alguien”, observa. “Desde hace rato.”