
Sonia era una jardinera del ayuntamiento en Vallecas. Conocía la apuesta y tenía una parcela abandonada. A Elena y a Martín les había dicho que sin cultivar no quedaría nada.
“Os la presto hasta diciembre, a cambio de que la limpiéis”, propuso. “Y no vale decir que no.” Elena miró a Martín; Martín miró el cielo. “Sí, vale”, dijeron, y el sábado se pusieron manos a la obra.
Llovía sobre Vallecas; la huerta olía a tierra y el barro llegaba al tobillo. Arrancaron mala hierba horas sin parar. “¿Esto es echar una mano?”, protestó Martín. “Esto es cumplir”, contestó Elena, terca.