
El viento subía por el precipicio y sacudía las velas de colores de los parapentes. En la Mesa de los Santos, a media hora de Bucaramanga, Nubia ya se había amarrado el equipo sin pensarlo. Manuela, la rola, miraba el vacío con las tripas apretadas. Wilson, el piloto que llevaba veinte años en esa loma, le ajustaba las correas con una calma que a ella la ponía peor.
«¡Láncese, juemadre, que no se va a morir!», le gritó Nubia, muerta de la risa. A Manuela le pareció una grosería mandarla al vacío con esa ligereza. «En Bogotá primero le preguntan a uno si está listo», protestó. Wilson soltó una carcajada y dijo que allá arriba nadie tenía…