
Julián llegó del camello bien cascado y con un guayabo del sábado que no lo dejaba. Se tiró en el sofá jurando que esa noche no salía ni amarrado. "No me manden a rumbear, parceros, que vengo muerto", pidió con voz de trapo.
Pero el parche insistió, y a las dos polas ya estaba prendido y hablando hasta por los codos. Entre risas y guaro, la lengua se le fue soltando más de la cuenta. Sin darse cuenta, soltó un secreto de Marina que había jurado guardar con el alma.
El cuarto entero se quedó callado, y Julián sintió el frío de la embarrada. Trató de echar para atrás, pero ya el chisme estaba servido en bandeja. Uno del parche, más sapo que otra…