
Manuela abrió el portátil sobre una mesa pegajosa y trató de cuadrar las cuentas del viaje mientras el ventilador escupía calor. Andrés, su amigo caleño y profesor de salsa, le arrebató el aparato de las manos sin pedir permiso. «Ve, mija, aquí las cuentas se arreglan bailando, no tecleando», le dijo con una sonrisa ancha.
Ella insistió en su hoja de cálculo, terca como buena rola, y anotaba cada peso del cholado que se habían comido esa tarde. Andrés puso un vinilo viejo y marcó la clave con dos dedos sobre la madera. «Oís ese golpe seco, que no lo suma ninguna máquina», soltó, y empezó a menear los hombros.
Al principio Manuela parecía un…