
Su tazón de dos colores sigue en un estante del taller. Gerardo entra con una cazuela partida y la deja sobre el ladrillo.
“Se cayó y es de mi madre”, murmura. “No quiero decírselo hasta que esté pegada.” Marcela se agacha para ver los bordes.
Llena la tina con agua fría, moja la esponja y raspa la textura vieja del corte.