
Su último comodín lo gastó Martín el veintiocho, en la Avenida de América. Elena llevaba una semana dando largas a la solicitud y él lo tenía claro. Llegó tensa y de mala gana.
“Firmas hoy”, dijo Martín, firme, con el comodín doblado entre los dedos. “No me echo atrás.” “Si firmara, mañana ya no sería mía la mesa”, contestó Elena, y admitió que no podía negarse: él la obligaba sin gritar.
Martín cambió de idea delante de ella. “Hoy es Inocentes. Puedes tomarlo como un chiste y no cuenta”, ofreció, y le dio la salida a la primera. Nadie engañaba a nadie.