
La panadera levanta un costal atado con un lazo rojo y se rĂe con los ojos cerrados. AndrĂ©s mira una moneda entre dos dedos, frente a la vitrina. El pan reciĂ©n horneado huele fuerte.
âCon eso no alcanzaâ, avisa la panadera, sin preocuparse. âYo amaso desde las cuatro y este se enfrĂa.â AndrĂ©s quiere desayunar y le falta un peso.
âEs lo que tengo hoyâ, admite. âY no puedo merendar con migajas.â