
El jueves, Elena ya había dicho sí once veces: se había apuntado a la rifa de Navidad, a cubrir un sábado y a un curso de chotis. Recorría el pasillo con la sensación de que le habían robado la agenda.
Martín la llamó. Había aceptado el turno de las seis. “Nadie me proponía nada en años. ¿Por qué ahora?”, protestó. “Porque ahora dices que sí”, respondió ella, y colgó antes de reírse.
Comieron juntos. Martín olía a café frío, tenía ojeras y cara de no haber dormido, y ni se atrevía a mirar el reloj. “Si te rindes ya, esto acaba sin gracia”, advirtió Elena, y sacó su comodín: “El sábado, curso de chotis. A las ocho.” Martín tragó despacio. “Eso…