
Detrás del mostrador espera Sofía, la panadera nueva del barrio, con una bandeja y una almojábana. Mariana pone un tinto encima y no dice de quién es. El aire huele dulce.
Andrés entra con casco y respira fuerte. “Ese tinto es mío”, decide. Sofía cubre la bandeja con una mano. “Ese tinto ya está pago desde ayer”, aclara.
Mariana acerca el azúcar. “Alguien lo deja pago para quien llega cansado”, cuenta. Andrés señala la calle empinada. “Yo subo esa loma todos los días”, alega.