
Las luces del Parque de los Niños se encendían mientras un vendedor pregonaba sus hormigas culonas tostadas. En Bucaramanga, la llamada ciudad de los parques, el último atardecer de Manuela olía a maní y a lluvia por caer. Édgar, el de la fonda, había cerrado temprano para acompañarla. Nubia llegó con una bolsa repleta de bichos crocantes.
«Pruébela sin miedo, no sea delicada, que estas son puro monte», la animó Nubia. Manuela agarró la hormiga con dos dedos, dudó, y por fin la masticó con los ojos cerrados. Sabía a tierra y a nuez, un manjar raro que le arrancó una risa nerviosa. «Ni tan malo, ¿verdad?», admitió, y Édgar celebró la hazaña…