
En la cantina, Esteban atiende la barra. Es un mesero de Guadalajara, México. Su refrigerador dejó de enfriar y Marcela lo destapa: el motor va atado con un alambre. Lo suelta, ajusta la banda y arranca tibio.
“Quedó”, avisa ella. Suma en el cartón y se lo pasa sin decir el número. “A las cinco abro el puesto y no vuelvo.” “El patrón paga los viernes”, contesta Esteban. “Yo no firmo cuentas, ni las mías ni las de nadie.”
Esteban niega y rebana limón con la cuchilla en el fregadero.