
"¡Epa, prima, deje ese teléfono y agárrese un tinto!", le gritó Wílmer desde el corral, con el lazo todavía al hombro. Manuela, rola de pura cepa, había llegado esa madrugada a un hato cerca de Villavicencio para visitar a sus amigos del llano. Wílmer era el encargado del trabajo de llano; Yudy, su hermana, mandaba en la cocina de fogón.
La catira bogotana intentaba sostener una reunión de oficina por el celular, muy seria, mientras a tres metros los vaqueros herraban una ternera entre polvo y bramidos. "Aquí el que se ataranta, pierde", se rió Yudy, batiendo la olla. El jefe de Manu hablaba de plazos y ella apenas oía el galope y el capacho…