
"Hoy te hago hincha del Junior o me dejo de llamar Ronny", jurĂł el taxista mientras colgaba la camiseta tiburona en el balcĂłn. Manu, la rola de BogotĂĄ, puso los ojos en blanco, porque para ella el fĂștbol siempre habĂa sido cosa de locos. Yina, su comadre y vendedora de raspao, ya tenĂa la nevera repleta de birras para ver el partido en la esquina.
Desde el primer minuto, ella aplaudĂa cuando no era y se quedaba muda en las jugadas buenas. Ronny, hecho un manojo de nervios, le explicaba cada cosa como si fuera una pelada del barrio. "Cuando el Junior ataque, tĂș gritas conmigo, y nada de quedarte ahĂ tiesa", le insistĂa.
El parche entero estabaâŠ