
Nube esperaba en el pasillo, inocente, con una zapatilla a medio masticar, cuando Elena volvió antes que Martín. Olía a perro mojado. Faltaba el expediente del lunes.
“¿Te lo has tragado?”, preguntó, y Nube movió la cola. Se le secó la boca: el sello de la Comunidad estaba dentro de un mastín. Encerró a Nube en el baño y llamó a Martín. “Nube se ha comido un expediente. De un bocado.” “¿Y la zapatilla?” “También.”
En la consulta, el veterinario les dijo que el papel saldría solo, y cobró ciento ochenta euros. “¿Y el sello?”, insistió Elena. “Pago la mitad”, ofreció Martín.