
Elena, una funcionaria de Madrid, esperaba en la parada, con el calor pegado a la marquesina. Estaba harta: su jefa le había dicho que decía no antes de oír la pregunta.
Martín era un conductor de autobús que llevaba un año sin aceptar un café. “Sube, que ahí fuera se derrite todo.” Elena, en el primer asiento, contó: “Me llaman la del no.”
“Pues hagamos una apuesta: hasta las campanadas, nadie dice no a nada. El que falle paga la cena de Nochevieja en la Gran Vía”, propuso Martín. Elena calculó el precio y notó un vacío: por una vez no podía negarse, y sonrió sola.