
El último día del verano, hicieron un asado a la orilla del lago, y quedó la escoba. Benjamín se puso a cargo de la parrilla, jurando que la carne le salía seca. Nico y Javiera lo weviaban: de seco no tenía ni el apodo.
Contra todo pronóstico y por pura cuea, la carne salió en su punto y quedó rica. Entre choripán, un terremoto y un pisco, el grupo se instaló a disfrutar la tarde. El weveo estaba prendido, con tallas volando de un lado para el otro.
Con el estómago lleno, la conversación se fue poniendo más íntima. Recordaron los carretes legendarios y las cagadas épicas de cada uno. Cada anécdota venía con su carcajada, pero también con un…