
A mediodía, la Ribera de Curtidores era un río de hombros, bolsas y voces. Elena llevaba tres horas diciendo precios que volvían contra ella. Martín defendía cada euro como el notario del puesto.
Una pareja preguntó por una radio pequeña. “Doce”, probó Elena. “Cinco”, contestaron. Ella apretó los labios. “Once, porque si bajo más, perdería hasta el examen.”
Martín cruzó los brazos. “Diez y os lleváis las pilas gastadas de regalo.” La pareja se fue. Rosa, desde la acera, le gritó: “Deja respirar al género, notario.”