
Manuela ya tenía la maleta lista sobre el chinchorro y miraba el reloj, cansada de tanta calma. Llevaba tres días donde Reinaldo, un viejo arpista de la sabana, que la había acogido como a una hija. Para la rola bogotana, hecha al trancón y al afán, esas noches de joropo se le hacían eternas.
"Prima, usted anda con el reloj metido en la cabeza", le dijo Yaneth, su esposa, meciéndose despacio. Reinaldo templaba las cuerdas del arpa sin apuro, como si la noche no fuera a acabarse. Manu pensaba que en Bogotá ya habría hecho mil cosas, mientras afuera cantaba el grillo.
Solo el mugido lejano del ganado rompía esa quietud tan larga. Esa madrugada,…