
Al tercer día faltaba una fila de coles; al cuarto, otra. Elena llegó con el manual; Martín, con la huerta de su infancia. La huerta mordida olía a lluvia.
“Un insecto grande”, dijo Elena. “Babosas”, replicó Martín. “Y caracoles, mira.” Elena puso una trampa de cáscaras, según el libro. Martín puso cerveza en platos, en fila. “¿Cerveza para las babosas?”, se rio Elena. “Ya veremos quién da resultado.”
De madrugada fueron a oscuras a hacer la prueba: las babosas rodeaban las cáscaras como si supieran leer y nadaban en la cerveza. “Empate técnico”, declaró Martín. “Ni hablar. Ganan ellas.”