
El domingo siguiente, la bola se juntó tranquila en casa de Nayeli, con café y pan de yema. No hubo carrilla esta vez, porque Itzel andaba con el ánimo por los suelos. La habían corrido del trabajo el jueves, así nomás, sin avisar.
Nayeli, sin hacer preguntas, le sirvió un tejate bien frío y se sentó a su lado. Rodrigo llegó cargado de tlayudas, diciendo que nadie llora con la panza llena. Poco a poco, la bola fue cayendo con algo para compartir.
Así funcionaba entre ellos, como una guelaguetza: hoy por ti, mañana por mí. Cuando a uno se le caía el mundo, los demás le hacían el paro sin que lo pidiera. No era lástima, era puro cariño del bueno.