El taxista
Cartagena de Indias, una ciudad colonial vibrante y caótica. El sol raja las piedras mientras el tráfico ruge. Entre el mar de taxis amarillos, Antonio, un hombre destartalado por el sol y la brisa salada, conduce su destartalado Chevrolet Spark.
Antonio: ¡Taxi! ¿Pa' dónde va, mi llave?
Pedro: Al Pie de la Popa, mijo. Apure que tengo un vuelo que me espera.
Antonio: ¡Tranquilo, don Pedro! En un santiamén lo llevo.
Pedro: ¿Y cuánto cobra?
Antonio: Depende del tráfico, mi llave. Pero no se preocupe, no le voy a cobrar caro.
Pedro: ¡Menos mal! Es que estos taxistas de Cartagena son unos bandidos.
Antonio: (Ríe) No todos, mi llave. Hay de todo como en botica.
En el camino, pasajero y taxista conversan de diferentes temas.
Pedro: ¿Y usted lleva mucho tiempo manejando taxi?
Antonio: Uff, como unos 15 años, mi llave. He visto de todo en este oficio.
Pedro: ¿Y qué tal le ha ido?
Antonio: No me quejo. Hay días buenos y días malos. Pero uno se va acostumbrando a la maña.
Pedro: ¿Y ha tenido algún susto?
Antonio: ¡Uy, sí! Cómo no. Una vez me atracaron unos pelaos en un callejón oscuro. Me quitaron todo, hasta el radio del carro.
Pedro: ¡Qué bárbaro!
Antonio: Sí, mi llave. Pero gracias a Dios no me pasó nada grave.
Pedro: ¿Y qué le gusta más de ser taxista?
Antonio: Lo que más me gusta es conocer gente. He conocido a personas de todas partes del mundo. Y cada uno tiene una historia que contar.
Pedro: Eso sí es interesante.
Llegan al Pie de la Popa.
Antonio: Aquí estamos, mi llave.
Pedro: ¡Muchas gracias por la carrera!
Antonio: No hay de qué, mi llave. Que tenga un buen viaje.
Pedro: ¿Cuánto le debo?
Antonio: Son 15 mil pesos, mi llave.
Pedro: Aquí tiene.
Antonio: ¡Muchas gracias!
Pedro: ¡Hasta luego!
Antonio: ¡Hasta pronto!
Pedro se va y Antonio se queda solo en el taxi. Suspira y mira hacia el cielo. Sabe que la vida de taxista no es fácil, pero también sabe que es una vida llena de aventuras y sorpresas.
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