
Las luces de la 9 de Julio zumbaban como si tuvieran algo que decir. A esa hora, entre taxis, colectivos y bocinas, pocos reparaban en un chico que se movía como una sombra entre los autos. Ezequiel, con su campera rota y los pies descalzos, caminaba silbando bajito, como si conociera un secreto que nadie más sabía.
Sentado en la escalera de un kiosco cerrado, lo observaba Martín, periodista de un medio digital que nadie leía, pero que él insistía en salvar con una buena nota. Llevaba días siguiendo a ese pibe, intrigado por los rumores de que subía cada noche al obelisco sin que nadie lo viera.
Martín: Che, vos... ¿es verdad que te trepás al…