


La tarde caía sobre la calle Corrientes con ese aire denso que mezcla olor a pizza, colectivos frenando y hojas volando entre veredas. Andrés caminaba despacio, embobado con las vidrieras de las librerías de saldo. Era su primer viaje a Buenos Aires, y si algo tenía claro, era que quería llevarse un libro que no pudiera encontrar en ningún otro lado.
Entre los carteles de ofertas, encontró una puertita angosta con un cartel escrito a mano: “Libros con alma”. Entró. Una campanita sonó al abrirse la puerta. Del otro lado, un laberinto de estanterías se extendía como una trampa de papel.
Don Jacinto: Buscás algo en especial, che.
Andrés: Algo viejo, raro… que no se consiga fácil.
Don Jacinto: Tengo uno que no está en los catálogos. Ni debería estar en ningún lado, para ser honesto.
El librero, con saco gastado y anteojos de marco grueso, sacó un ejemplar envuelto en tela. Lo puso sobre el mostrador sin decir una palabra. Andrés lo tocó. La tapa era de cuero, sin título. Solo un grabado de un ojo y una figura caminando entre sombras.
Andrés: ¿Y esto?
Don Jacinto: Si lo abrís, no hay devolución.
Andrés pagó con efectivo, lo metió en su mochila y salió a la calle. Caminó unas cuadras y se sentó en una plazoleta, cerca del Obelisco. Abrió el libro. Las páginas estaban escritas con una letra temblorosa, como si el autor hubiera estado nervioso. Decía cosas extrañas. Descripciones de calles que se torcían, relojes que atrasaban diez minutos exactos, gente con sombra pero sin cuerpo.
Entonces sintió un ruido. Un paso. Levantó la vista. Un hombre con bastón y sombrero lo miraba desde la esquina. No parecía perdido. Parecía estar esperando. Andrés volvió a mirar el libro. En la página siguiente, había una descripción exacta del hombre que acababa de ver.
Andrés (en voz baja): ¿Qué carajo.
El hombre se acercó. El bastón golpeaba el suelo rítmicamente. Andrés cerró el libro de golpe y el sonido del tráfico se detuvo por un segundo. Como si la ciudad hubiera aguantado la respiración.
Hombre del bastón: Ya lo leíste, no hay vuelta atrás.
Andrés corrió. Cruzó entre autos, esquivó una feria que armaban en la vereda y dobló por un pasaje sin salida. Al mirar atrás, el hombre del bastón ya no estaba. Pero una copia de sí mismo lo esperaba al final del pasillo.
El libro temblaba dentro de su mochila. Lo sacó y lo tiró al piso. Pero las páginas no se cerraban. Se seguían pasando solas, como si el viento estuviera leyendo.
Don Jacinto (apareciendo detrás): Te advertí, flaco. Ese libro no se lee. Se sobrevive.
Andrés: ¿Qué es esto? ¿Una trampa?
Don Jacinto: Es Buenos Aires. La parte que no sale en las postales.
Esa noche, la ciudad no durmió. En los kioscos, las revistas salían con titulares que nadie escribió. Los colectiveros olvidaban las paradas. El Obelisco parpadeaba como una lamparita a punto de quemarse. Y en un banco de Corrientes, un libro sin dueño seguía abierto, con sus páginas latiendo como si fueran de carne.